La extensión universitaria dentro de 25 años

por Alberto Martín

La propuesta para este texto recibida por la universidad de Cádiz recuerda mucho el título de la película de Alain Tanner, Jonás, que tendrá 25 años en el año 2000. Allí, un profesor utilizaba una ristra de salchichas que iba cortando y troceando para explicar el tiempo histórico. Trataba esta película de las aspiraciones de una generación salida del mayo del 68 y de las frustradas expectativas de cambio, o más bien del pesimismo. Ambos elementos pueden traerse a colación al inicio de este texto que sugiere la realización de una proyección en el tiempo sobre el futuro de la extensión universitaria. Pero en este caso no trocearíamos la ristra de salchichas sino que la uniríamos formando un perfecto círculo. Que este sea vicioso o no, depende de nosotros. Volveremos a ello.

Respecto al pesimismo, éste parte de una condición histórica y de la evolución observada en los últimos tiempos. Sin duda, al hacer cualquier tipo de proyección en el tiempo, tendemos a situarnos entre lo que nos gustaría que fuese la cultura en la universidad (o lo que pensamos que debería ser), de aquí a unos años, y lo que probablemente pensamos que será. De la distancia entre una y otra perspectiva, es de donde puede nacer un mayor o menor grado de pesimismo. El mío es relativamente elevado. Probablemente por ello, pienso que lo mejor es situarse, al enfocar este texto, en lo que a mi juicio debería conseguir llegar a ser la extensión universitaria de aquí a 25 años.

Traería también a colación de nuevo el ámbito de la ficción, del relato, para ilustrar lo que puede llegar a ser una proyección en el tiempo, o hablando claramente para hacer ciencia ficción. Generalmente, el imaginar el futuro, nos suele llevar o nos puede llevar a adoptar ciertos puntos de vista previos: proyectar en el tiempo nuestros temores o nuestras esperanzas; imaginar libremente por donde pueden ir las cosas dando rienda suelta a nuestra imaginación (o construyendo a través de ella poderosos simbolismos, metáforas o paralelismos con el momento desde el que se formula); o lo que suele ser lo más habitual y a mi juicio lo más operativo, que es tratar de identificar y proyectar aquellos elementos que consideramos que definen y ejemplifican lo más nuevo o lo más radicalmente transformador de nuestro tiempo. Esto es, actualizar aquellas tendencias o cambios recientes que consideramos definitorios de nuestro tiempo y por tanto ineludibles en cualquier acción cultural.

Tradicional e históricamente la cultura, o mejor la actividad cultural en el marco universitario, ha estado encuadrada bajo la denominación de extensión universitaria. Este nombre ya planteaba desde sus orígenes una cierta idea de apertura de la universidad hacia la sociedad, pero no lo hacía tanto desde la cultura tal y como la entendemos hoy desde los servicios de actividades culturales de las universidades, que mayoritariamente se sitúa en el ámbito de la creación y de la formación artística, sino desde el objetivo prioritario de extender la educación a una sociedad que en su mayor parte se encontraba fuera de la universidad o no tenía acceso a ésta. Esto es, los principios de la educación popular, que se desarrollaron en el ámbito de las primeras universidades populares. Pero en la universidad española, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, la extensión universitaria adoptó una finalidad muy diferente de la encarnada por las universidades populares. Se trataba fundamentalmente de organizar o dar cauce “limitado” a iniciativas impulsadas por algunos profesores o alumnos: conferencias, ciclos de cine, exposiciones de pequeño formato, alguna publicación… Nada que tuviera que ver realmente con una apertura a la sociedad, o con la idea de “extender” la formación. Fue a partir de mediados de los años ochenta, en el momento en que se completó la democratización de la universidad, cuando se refundó la “extensión universitaria”. Y realmente puede decirse que más que refundarse fue entonces cuando en la práctica se creó y desarrolló por primera vez un marco para la acción cultural en y desde la universidad. Es bastante clara la conexión entre los cambios acaecidos en la universidad a partir de la transición democrática, y la aparición de las condiciones para el surgimiento de los servicios o secretariados de actividades culturales (uso este término por ser el más extendido y generalizado en las universidades españolas). Se partía en ese momento de la evidencia de una necesidad de actualización en la relación entre la universidad y la sociedad; de la necesidad de dar cauce e impulsar la creación universitaria de un modo diferente al que se había hecho hasta ese momento; de construir una oferta cultural específica desde la universidad.

Este preámbulo sobre el pasado podría parecer innecesario si se trata de hablar del futuro, pero parafraseando una máxima bien conocida que señala que para entender el presente hay que conocer el pasado, bien podríamos decir, por extensión, que hay que conocer el presente para entender el futuro.

¿Qué podemos sacar en claro de las líneas precedentes? Yo señalaría que al igual que ocurrió en los años ochenta, es necesario prever un nuevo cambio en el modelo universitario o al menos en parte de su estructura, como condición para que la extensión universitaria pueda modificar sus planteamientos y ajustarse al ritmo no sólo de la sociedad sino también de la creación artística y de la reflexión. En buena medida la política cultural universitaria, entendiendo su contenido desde la analogía con ámbitos similares de otros niveles institucionales (tanto públicos como privados), es periférica dentro de la universidad. El hecho de que se consideren más como servicios de apoyo que como verdaderos núcleo de producción cultural, orienta los servicios de cultura universitarios hacia una vertiente asistencial, lo cual supone en el día a día una labor más endógena que externa, que es donde en principio debería situarse esa proclamada relación con la sociedad a través de la gestión cultural. En buena medida, la endogamia natural que caracteriza  a la universidad se manifiesta también aquí. Los objetivos enunciados anteriormente, de actualizar la relación con la sociedad, han perdido terreno en los últimos años. Aunque la necesidad de la proyección exterior es un principio comúnmente aceptado, sigue siendo complejo y delicado asentar políticas que no tengan su justificación última en la propia comunidad universitaria. La construcción de esa proyección pasará inevitablemente por el establecimiento de un doble cauce de diálogo: entre universidad y entorno, especialmente la ciudad, y entre comunidad universitaria y sociedad, y especialmente entre comunidad universitaria y comunidad artística. 

El futuro, así, estará caracterizado inevitablemente por la recuperación de ese espacio de diálogo y proyección, o planteándolo desde dentro de la propia extensión cultural, por la reinstauración de un equilibrio entre el carácter asistencial de los servicios, que sin duda deben tener, y el desarrollo de su capacidad como productores culturales. De algún modo, el elemento nuclear que marcará la evolución de la política cultural universitaria será la dialéctica entre animación y gestión cultural. Los servicios culturales universitarios no pueden confundirse ni encontrar su fundamento en las necesidades de la vida del estudiante, tampoco en ámbitos centrados en la acción social o, como ocurre en muchas ocasiones, en la pura y simple animación, que en la práctica es a lo que se reducen, y mejor sería reconocerlo así, la mayor parte de los proyectos de la comunidad universitaria. Los servicios culturales encontrarán su lugar, con el tiempo, en el ámbito de la creación artística, transitando tanto por el campo de la formación como por el de la investigación, un arco en el que la difusión y la programación de actividades tendría pleno sentido. Este sí será un lugar específico y diferencial con respecto al resto de los agentes culturales y con respecto al conjunto de políticas culturales desarrolladas por los diferentes ámbitos públicos.  Son muchos los campos minados que habría que atravesar en esa progresión, el principal de ellos, lógicamente, el riesgo de que el ámbito docente, la enseñanza, quiera tutelar e incluso pretenda legitimar los proyectos culturales.

Resumiendo, se podría aventurar que la extensión universitaria no tendrá futuro si se somete a las necesidades de la vida del estudiante y a las dinámicas de las asociaciones estudiantiles, tal y como están planteadas hoy en día. Tampoco lo tiene si insiste en duplicar o sustituir la acción de otros agentes culturales, como viene ocurriendo con las programaciones de actividades. Tampoco, si cae en la tentación de prolongar la enseñanza por otros medios, como ocurre por ejemplo, con talleres cursos y seminarios a los que se acoge y mimetiza bajo el paraguas docente mediante ese gran invento para captar recursos y asistentes en que se han convertido los créditos. Y tampoco lo tiene si, como antes apuntaba, la creación artística termina custodiada y legitimada bajo el criterio de las enseñanzas universitarias. Diferentes límites y diferentes tipos de endogamia universitaria para diferentes tentaciones dentro de la inercia universitaria. En este sentido la universidad siempre ha tenido, y sigue teniendo, cierta tendencia a la bulimia.

El futuro, como decía al principio de este texto, y más si se trata de hacer una proyección en el tiempo, tiene varias caras. Al menos dos: lo que probablemente sea y lo que podría ser, que generalmente en cada uno va asociado a lo que pensamos que debería ser.

Implícitamente ya he apuntado más arriba qué idea de futuro tengo. Las tentaciones indican lo que probablemente sea, salvo que se produzca un cambio en las condiciones y la estructura en la que se desenvuelve y enmarca la extensión universitaria.

Lo que podría ser, también está apuntado. La extensión cultural como un núcleo de trabajo centrado fundamentalmente en la creación artística, un terreno que ha encajado con dificultad en la estructura universitaria o se ha quedado directamente fuera. Un ámbito en el que sería necesario e imprescindible la potenciación del diálogo y el trabajo con profesionales (artistas) ajenos a la institución, pero en el que la Universidad podría finalmente conciliar sus tareas de formación e investigación, con el objetivo de fomento de la cultura a través de una política cultural específica. Una labor que pasará necesariamente por la creación y desarrollo de áreas especializadas de producción cultural, en cuya configuración tendría que ser decisivo tanto el entorno específico de cada universidad como su propia estructura e historia. El personal que se necesitará para ello ya no serán sólo los habituales gestores culturales generalistas, sino un nuevo perfil de técnicos especializados y mediadores capaces de dinamizar áreas concretas de la creación y desarrollar al mismo tiempo acciones transversales en diversos campos de la cultura. Esto es, un nuevo enfoque de la interdisciplinareidad en el ámbito de la gestión cultural, que no haría sino reconocer que hoy ya no tiene demasiado sentido seguir compartimentando la acción cultural en “áreas” o “aulas”, por usar un término bien conocido en la historia de la extensión cultural. En el fondo se trata de explorar las posibilidades de nuevos perfiles de mediadores y “docentes”, así como de nuevas tipologías de formación. La programación /difusión cultural desde la Universidad, tiene sentido sólo si responde a un discurso más global que aporte nuevas visiones o contextos de lectura. Si hay precisamente una carencia fundamental en el panorama cultural español es la ausencia de núcleos dinámicos donde se encuentren articulados al mismo tiempo: formación, investigación y creación/difusión. Éste es a mi juicio el único camino de futuro para que la extensión universitaria tenga un sentido más allá de los “hábitos” antes apuntados: encontrar su personalidad entre el tejido de políticas culturales que ya se encuentran en desarrollo, sin pretender competir con aquellas que en el fondo corresponden a otros agentes culturales. Para ello no tiene ni los medios ni las infraestructuras necesarias, ni posiblemente tampoco la vocación necesaria. De lo que se trata finalmente es de encontrar un puente adecuado entre la estructura docente e investigadora y la política cultural universitaria. Una convergencia tan necesaria como ineludible.

Mientras llega ese momento, hay sin duda políticas de transición que se apuntan urgentes y necesarias para tratar de conseguir una cierta convergencia entre el deseo y la necesidad.

Probablemente es inevitable que en un corto plazo se demande la creación de espacios culturales autónomos, que es el cauce lógico para que se articule de un modo verdaderamente alternativo y productivo la vida estudiantil. Centros sociales y culturales configurados como nuevos espacios de socialización y construcción de identidades. Centros activadores y potenciadores de las nuevas modalidades de consumo cultural, basadas cada vez más en la libre disponibilidad y accesibilidad del producto cultural. Facilitar así el uso equilibrado de los nuevos medios de circulación y distribución, fomentando la aparición del criterio de elección como antesala de la formación de la identidad. El papel de los servicios de actividades culturales, en ese caso sí, se debe reducir a la pura mediación y asistencia: a garantizar el mantenimiento de la tensión cultural en los proyectos autónomos de colectivos y asociaciones estudiantiles y a generar servicios e infraestructuras como plataformas de consumo e intercambio. Hay que tener en cuenta que los nuevos formatos han provocado una inflexión en cuanto a la perspectiva asistencial: las necesidades ahora se concentran en las herramientas y sobre todo en la creación de canales de difusión. Ya no es tanto el apoyo al proyecto en sí, como a su difusión. En muchos casos, la creación “amateur” es en último extremo una forma de consumo avanzado o quizás podríamos decir que de consumo alternativo.

En este sentido, los nuevos tiempos han clarificado las cosas, ahora hay menos riesgo de confundir la creación con la animación. Aunque por otra parte, asumiendo que la idea de autoría en las prácticas artísticas seguirá siendo continuamente desdibujada y desbordada por la lógica de la circulación y la reutilización de obras y productos, es muy posible que una buena política de “animación” pudiera terminar por configurarse como una excelente política de apoyo a un cierto tipo de creación alternativa. Alternativa, eso sí, más en cuanto al uso novedoso de formatos, canales, o tipología de producción, que en cuanto a los contenidos. Pero este es otro asunto.

Mi intención hasta aquí era apuntar dos caminos de futuro para los dos grandes extremos de la extensión universitaria: el ámbito asistencial y el ámbito de la creación.

Y tratar de reseñar, al mismo tiempo, todo aquello que en la mentalidad universitaria, pese a todo, sigue suponiendo un freno al futuro de la extensión universitaria.

This entry was posted on lunes, abril 12th, 2010 and is filed under DOCUMENTOS de los PARTICIPANTES. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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