Puntos ciegos, puntos de partida

A modo de punto ciego, o de sospecha solapada, persiste constantemente en nuestra experiencia de las construcciones culturales contemporáneas la pregunta sobre el sentido de su relación o implicación con lo genéricamente social —con lo común, lo contextual o lo local—, sobre la naturaleza de su instrumentalización administrativa o mercantil y sobre su dilución en el «entertainment» turístico. El llamado arte público ha sido uno de los lugares estratégicos para que la producción contemporánea heredera de la tradición más autorreflexiva y crítica ponga esas preguntas en juego. Los términos implicados son en todo caso problemáticos, tanto en su propia definición como en sus correspondencias, y el arte no puede sino participar de su activación revelando esa conflictividad y haciendo circular abiertamente sus implicaciones estéticas y políticas. El Informe sobre Arte Público que ha promovido AVACyL no podía, por tanto, sino partir de una definición de arte público no formalista, orientada hacia los compromisos abiertos en ese sentido: arte público sería un conjunto muy heterogéneo de prácticas que podrían tener en común el deseo de implicarse en la construcción de esfera pública en un contexto específico, habilitando herramientas que consigan generar imaginario y vínculos entre las comunidades, los colectivos y los ciudadanos que habitan y dotan de sentido a los espacios, revelando los problemas que les afectan y posibilitando la actividad significativa autónoma que les permita pensarse a sí mismos.
Esta definición de partida, y a modo de horizonte, facilita la evaluación normalizada de la importancia comunitaria de los proyectos; ayuda a señalar los usos que de ninguna manera son ya sostenibles —y que acaparan elevados porcentajes de presupuestos y recursos mediante procesos escasamente transparentes— y fundamenta la cartografía y cronología de las iniciativas autogestionadas o independientes que desde los noventa vienen tratando de reactivar un ámbito-otro para el arte público en Castilla y León. Generar esta representación plausible del conjunto heterogéneo que éstas han venido conformando al margen de la inflación de infraestructuras culturales —cinco grandes museos o centros de arte contemporáneo entre 1998 y 2005— debería ayudar a la reactivación de una red autoconsciente y colaborativa de colectivos, artistas y trabajadores culturales que pudiera vehicular a través de plataformas y asociaciones como AVA la reclamación de una política cultural más sostenible en relación a este aspecto público y localizado de la producción crítica de sentido. Una política cultural mucho más estructurada, diversa, independiente y definida a largo plazo, que incorporara el arte al contexto social según parámetros distintos a los del espectáculo, ampliando los sectores colaterales que se conectan a la práctica artística y articulando tanto una dimensión presupuestaria acorde con estos objetivos como una gestión que revierta más directamente en la producción autónoma de proyectos. Una política, en suma, que favoreciera la transformación de los puntos ciegos en puntos de partida.
Por Miguel Ángel Fernández [27/01/2011]
Fuente: ABC, Cyl
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